El Árbol del Abrazo

 Por Exal Orella



¿Lo oyes?


A lo lejos se escuchaba el viento, demostrando que la lluvia no cesaría, las personas sacaban lo que podían en los escombros de lo que antes fuera su hogar.



Esta historia se remonta al recuerdo de muchas personas, un par de generaciones, quienes conocieron a Noé, el famoso y típico “loquito” del pueblo. Ya sabes, desaliñado, hablando solo, conocedor de anécdotas silenciosas y muestra viva del dolor y la pobreza, decía ser amigo de un viejo árbol, ese que se encontraba allá en la colina, tierra de nadie, y que los paseadores usaban como escudo ante sus fechorías románticas y adictivas.


Noé recorría las calles hablando que vivían en el camino del río y mientras le regalaras una bebida o una probada de comida, te contaba anécdotas de un pueblo que se construyó encima de un río que moría. Algunas veces eran historias cómicas y muchas otras escondían el mensaje de no tocar lo que no les pertenecía.


Algunos niños le jugaban bromas pesadas, le manchaban la cara si se dormía, o le escondían algunas bolsas con las que se cubría, Lloraba desconsoladamente cuando se reían de él y prefería irse corriendo a abrazar al viejo árbol… ahí vivía por cierto, sus ramas y tronco lo cobijaban. Era su hogar, su confidente, su familia, su amigo, su compañía.


Cada vez que el clima humedecía los alrededores, podía verse la figura de Noé caminando ágilmente hacia su casa (el árbol) y aunque los demás habitantes le ofrecían un lugar donde pasar el temporal, su respuesta estaba acompañada de una sonrisa y una grata seguridad de que “nada le iba a pasar”.


Pero ese año, el clima fue inusual, los vientos empujaron sembradíos, del cerro escurrieron capas de lodo, el fango cubrió algunas coladeras, así por el centro de la ciudad, comenzó a formarse un riachuelo, una vertiente, una corriente, un río… una inundación.


Imagina la escena, autoridades de rescate ayudando a personas a salir de sus hogares, vehículos de carga siendo ocupados por familias, la esperanza de salvar a todos los miembros de cada sitio, y se escuchó muy fuerte, venir de lejos…


(Agregue aquí el sonido de agua con piedras)… si, justo eso venía, algunos vieron como el pequeño pueblo era dividido en dos, por un río improvisado por el clima, mismo que arrastró algunas construcciones y coches, y animales… y… ¡todos lo vieron!… ¡¡¡Era Noé!!!


¡Ey! - le gritaron - ¡Vuelve!, ¡Noeeeee!, ¡Aquí estamos, veeeeennn!…


Los rescatistas retuvieron a los que intentaron cruzar, el agua ya venía cerca, cada vez más acelerada, - ¡Pero Noé está ahí!, ¡Ayúdenlo!, ¡Por favor ayúdenlo!… 



… El viento fue superior, la lluvia nubló la distancia, el río había devorado al pueblo, no hubo helicópteros, ni guardias civiles o militares que llegaran a tiempo, algunos recordaron al buen Noé, era el tema del siniestro, - Yo le grité - yo también - no hizo caso - se fue - yo lo vi saltar al agua - yo lo vi subir a la tienda - El guardia no me dejó pasar, pude haberlo traído - mi camioneta entraba sin problemas, ellos no me dejaron avanzar por el…


El agua cesó, y las nubes permitieron visualizar lo que el río había cometido, conforme se fueron habilitando senderos, el acceso al pueblo fue surgiendo, el señor de la tienda, el compadre, los del “escuadrón”, armados con lazos, con palas, picos, poleas, fueron al encuentro del pueblo. Algunas familias perdieron todo, a penas y podían recoger pertenencias de los escombros.


Pero había un lugar que deseaban realmente visitar, y en cuanto armaron el paso, todos fueron hacia allá… ahí estaba el árbol… de pie, firme, con algo de lágrimas escurriendo de sus ramas, el equipo de búsqueda grito el nombre de Noé, una, dos, varias veces, con fuerza, con suavidad…


Y entonces desde arriba un as de luz alcanzó a iluminar la espalda del árbol, la que no veía hacia la población, y lo que mostraba la corteza hizo enternecer a quien lo descubrió… el enorme árbol, tenía una marca grande, del tamaño de unos brazos, que se sujetan fuertemente, una hendidura que comprobaba que algo se recargaba de frente, y en las raíces, una huella de que alguien, había vuelto a casa.



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